Coronavirus se llama el “enemigo”, un enemigo invisible, con un impacto inmenso; causa enfermedad, confinamiento y hace que evitemos el contacto físico. Las calles están desiertas, no hay risas ni se escuchan conversaciones sin embargo, tampoco hay contaminación acústica ni ambiental. Todas salimos a los balcones, ventanas y azoteas al unísono de los aplausos, creando una melodía para todos y todas aquellas que están trabajando para combatir al “enemigo”. Por primera vez en mucho tiempo la humanidad parece que “trabaja” conjuntamente y cohesionada hacia un objetivo; eliminar al invisible para poder acercarnos, abrazarnos y mirarnos directamente sin ninguna pantalla de por medio.

Toda esta situación nos hace sentir vulnerables, nos crea la sensación de ser tan insignificantes, que quizás esta vez consigamos ser realistas y aprender a respetar el planeta y a todos los seres vivos que conviven en ella.  Ha resultado ser un aprendizaje duro el hecho de estar en esta situación, pero también nos ha supuesto tiempo de parar y respirar, de reflexionar, de entender, hablar y sobre todo escuchar, escucharnos unas a otras a través de esos aplausos que no son de muchas manos, sino de una que suena muy fuerte y que no tiene ni sexo ni raza.

Si hace un tiempo nos hubiesen advertido que nos encontraríamos en esta situación, se nos caería el mundo encima, pondríamos el grito en el cielo. Hoy ya llevamos 18 días confinados, sin salir a la calle más que para comprar alimentos de primera necesidad.  Hemos aprendido a hacer ejercicio en casa con los únicos recursos que tenemos, independientemente de los metros cuadrados, a coger tiempo para aprender a cocinar platos de la abuela a los que les sobran estrellas Michelin. hemos aprendido a crear, a construir con botellas de leche juguetes para nuestros hijos e hijas, estamos aprendiendo a comunicarnos con la familia más cercana.

Aprendemos valorar las pequeñas cosas que nos ofrece el día a día, el contacto directo con las personas más allá de hacerlo a través de una pequeña pantalla, incluso a valorar la jornada laboral por el simple hecho de dialogar con nuestros compañeros y compañeras, … pero sobre todo y una de las cosas más importantes que aprendemos es que no somos invencibles y que sin las demás personas, sin el acompañamiento y la relación, nos cuesta un poco más cada día tirar hacia delante. Aprendemos poco a poco la importancia del compartir las emociones, sentimientos, vivencias y experiencias, logros y fracasos. Esto es “gasolina” para construir, para sentir, para percibir la vida.

Hoy estamos aquí y ahora. ¿Pero, sabemos que es lo que está ocurriendo en otras partes del mundo? Sí, hoy en día avanzamos a pasos gigantes en vías de comunicación, nos llega la información inmediatamente de todo lo que está ocurriendo. Pero, ¿Sabemos de los sentimientos de aquellas personas que viven en Colombia, Afganistán o China? ¿Sabemos algo de aquellas personas que por circunstancias de la vida conviven en la calle? ¿Sabemos de aquellas que padecen enfermedades tan terribles como el “enemigo” que ahora mismo el mundo tiene en común? Cada continente que compone el planeta, cada provincia, municipio y pueblo de este planeta llamado tierra tiene su propio contexto, circunstancias, leyes, culturas, vivencias… Hay veces, que nos cuesta ponernos en los zapatos del resto de las personas, básicamente porque no hemos vivido ni estamos viviendo la situación que experimentan. Ahora podemos padecer la distancia, una y otra vez nos vienen a la mente los recuerdos de vivencias pasadas (siempre las hacemos mejores, valga la redundancia), angustia, enfado, cansancio, inseguridad… todo ello nos confina aún más. Es inevitable pensar en nuestros seres queridos, dónde y cómo estarán, inevitable pensar en nuestro futuro laboral y económico… ¿Qué será de nosotras? ¿Qué será del planeta? Incertidumbres que angustian. El miedo nos paraliza. Pero paremos de pensar, de darle vueltas a aquello que ni siquiera los “gobernantes” pueden darnos respuesta. Centrémonos en lo que sí puedo hacer para estar bien; voy a centrarme para hacer aquello que sí está en mis manos, en escuchar, conocer, dialogar, compartir (inquietudes, dudas, emociones…), todo aquello que nos ayude a que el día a día sea mejor para mí y para aquellos que me rodean.

No todos los países tienen los mismos recursos sanitarios, ni siquiera los básicos, ni de comunicación… además de estar confinados/as, están aislados/as. Conviven muchas veces con su propio agresor/ra sin escapatoria o ayuda alguna, hay personas que además de vivir confinados perpetuamente por las circunstancias que les han tocado vivir, ahora tienen un enemigo más. ¿Cómo luchan, sobreviven las personas a esto? ¿Por qué tienen que sobrevivir, en vez de vivir y disfrutar de la vida? Cada día es una lucha constante para ellas, porque además de vivir en un constante conflicto y tener que sobrevivir, además tienen un enemigo invisible más.

Gracias a todas esas personas que conseguimos unirnos cada viernes del confinamiento de la pandemia, en el Topagune Besarkadak, nos acercamos un poco más a la realidad que vive cada persona. Todas y cada una de nosotras sentimos y padecemos cada día sensaciones y emociones similares; alegría al escucharnos y vernos, alegría por compartir momentos por muy pequeños que sean, tristeza al estar lejos de aquellos que amamos, desesperación por no poder salir de casa. Cada uno de los días es un mundo lleno de frustraciones, luchas personales y pequeños logros que nos hacen crecer como personas.

GRACIAS, gracias a todas las personas que construyen el día a día, que nos escuchan, que comparten y que hacen que podamos crecer y acerquemos nuestra mirada hacia sus miradas, hacia una realidad existente. Gracias a las personas que luchan por razonar con las personas que aún no consiguen entender el proceso que vivimos, gracias a las personas que hacen que podamos alimentarnos, que siembran y recogen, que trasportan, que hacen que nos lleguen los alimentos básicos, que curan y sanan, que se preocupan de la calle; del día y de la noche, gracias a todas las personas que estamos en nuestras casas, hogar, residencias, pisos…

Gracias y un aplauso infinito para todas, porque sin este gran engranaje que hemos creado con lágrimas, sudor y sufrimiento conseguiremos avanzar en positivo, este aplauso lleno de alegría y emoción es para todas las personas que conseguimos cada día poner en marcha el mecanismo para crear una realidad mejor.